Está es la historia de una Lechuga que quería conquistar a un Repollo. Ella era torpe, extremadamente cursi e idealista y nunca sabía que decir cuando estaba cerca de su amado Repollo. Él era muy apegado a sus ideas, extremadamente realista y no tenía tiempo para fijarse en la Lechuga.
Un día la Lechuga decidió escapar de su sucia caja de verduras para ir a escondidas a visitar la rejilla del refrigerador donde vivía su amado Repollo. Él dormía y ella lo despertó con un beso. Ella lo miró cariñosamente, esa mirada que sólo una enamorada puede regalar y él la miró con extrañeza, no entendía por qué ella lo había hecho.
La lechuga le explicó que ya no podía vivir sin él, que cada día se hacía más larga la espera pero que, aún así, ella no perdía las esperanzas. Él le respondió después de unos minutos, le dijo que si ella realmente lo amara no habría esperado tanto y más que tener esperanzas tendría que haber actuado, le dijo que el ya no tenía tiempo para el amor, que lo disculpara pero era imposible y que ahora debía dormir. La lechuga con un nudo en la garganta asintió y se fué de nuevo a su caja.
Ella era tan sensible y el tan fuerte. Ellos eran diferentes, claro, el era un repollo y ella una lechuga, pero de todas formas, eran tan parecidos.
Finalmente, tiempo más tarde la lechuga se marchitó de pena. El Repollo siguió con su vida aunque hasta el final de sus días se preguntó, “¿Por qué tomó mis palabras tan mal?, sólo quería que se diera cuenta de que yo también la amaba”.
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