Recuerdo aquel día que decidí huir de los hormigueros malditos que llamaban ciudades, urbes interminables que apuntaban hacia un cielo razo, que se escondía bajo su propio humo de muerte y sometimiento. Los arboles eran reemplazados con asfalto, la bondad por miedo e indolencia, no podía compartir ese sentimiento, me causaba nausea estar rodeado de tantos hombres muertos caminando.
Me despojé de lo material, de mi ropa, de mi vida rutinaria y me interné en uno de los bosques más lejanos de la realidad. Acompañado solo de mis miedos y mis rabias comencé a acostumbrarme. No fue fácil, primero solo escuchaba a las aves cantar y a medida que el sol se escondía, solo mis pensamientos me auxiliaban. Pensamientos que poco a poco se ahogaban en aquel pasado atormentado, cualquiera se podría volver loco si sus mentes despertasen y dejasen de actuar como borregos, pero tampoco se puede nadar contra la corriente y eso me costo aprenderlo, causándole un terrible daño a mi corteza cerebral, cicatrices que no sanaran fácilmente. Espero que con la brisa de la naturaleza acariciando mi piel y los susurros del viento, llegase a olvidar todo el malestar, todo el dolor, toda la demencia que ha envenenado mi alma.
Los fantasmas de ayer siguen atormentándome, no me dejan en paz ni un segundo, tratan de decirme que mi decisión no fue la correcta. Sacudo mi cabeza, cierro los ojos y respiro hondo, una, dos, tres veces... Los abro y ya no están. Sigo cortando leña, sigo quemando recuerdos. Me siento junto a la hoguera y observo atento las chispas efímeras que no duran ni un segundo... Sólo somos un destello de luz dentro de un mundo infinito... Seco mis lagrimas y froto mis manos frente al fuego. Temo que estoy invadiendo este espacio sagrado y virginal con mi presencia. Al igual que los de mi especie no tengo el don de crear, solo de destruir... lo que siempre hemos hecho y probablemente haremos hasta el fin de los tiempos. Pero eso ya no es lo que me apena, mis recuerdos se vuelven mas vividos, no pueden competir con estos inmensos paisajes verdes, ríos cristalinos y el olor del musgo cuando dentro de mi mente solamente hay desolación, y miedo, miedo a ser igual a todos, miedo a la destrucción. Siempre deseé ser diferente, pero la verdad es que no tengo idea hasta que punto, no sé si mis decisiones sean las correctas. Los animales escapan y el pasto se marchita un poco más con cada uno de mis pasos. Quizás debería volver, pero realmente creo que no pertenezco a ninguna parte, no recuerdo que tuviese un hogar al cual volver y a todo sendero al que vaya solo la habrá inminente destrucción de las sutilezas que alguna vez me acompañaron en estas rutas interminables...Adiós.
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